El coletazo de los caimanes de línea dura
Junio 10, 2008
Miguel Saludes
La nueva escalada contra la disidencia interna en Cuba contó con elementos singulares. Los voceros de la conocida Mesa Redonda quedaron ahora al frente de la ofensiva televisada. Con la ausencia de la primera figura de gobierno, en funciones de conductor supremo, y la poca popularidad de la que gozan estos personajes, se comprende el extra que deben poner en su afán por parecer convincentes.
Nuevamente se quiere sorprender al auditorio con la vieja fórmula de la conspiración tenebrosa, armada desde la otra orilla en complicidad con la SINA. Aunque el papel del villano recae sobre un actor de reparto, la trama sigue siendo la misma. Colocar el vórtice de la problemática política en Miami es una estrategia que ha rendido beneficios al gobierno de La Habana. La capital del exilio cubano, los eventos que en ella ocurren y la impronta de alguna de sus personalidades, aportan el material utilizado como argumento para endurecer los discursos en La Habana.
La pregunta clave en esta ocasión es el objetivo que se persigue con el reciente montaje. Si bien existen elementos que apuntan a la re edición de los hechos represivos del 2003, la finalidad del golpe parece tener otro destino. Desacreditar a los opositores en tres importantes frentes pudiera ser la intención de la maniobra. Primero se trata de influir sobre el criterio popular. Los supuestos vínculos con un agente acusado por la justicia norteamericana, relacionado además con Posada Carriles, contribuyen a generar reservas y dudas sobre la oposición entre la masa desinformada.
El otro punto de interés se encuentra en la escena internacional. En momentos en que el viejo continente debate la política futura sobre Cuba y que varios gobiernos, incluyendo el Vaticano, ofrecen su voto de confianza a la nueva dirección del país antillano, se busca restar apoyo a los que reclaman derechos civiles y políticos en la isla. Para ello nada mejor que presentar a los activistas cívicos como agentes al servicio de una potencia extranjera.
La opinión pública norteamericana es el tercer blanco de las miras propagandísticas del régimen cubano. El gobierno trata de incidir en el panorama político del vecino país, cuando este se encuentra inmerso en el proceso electoral. El rechazo a la emigración, junto a cierto agotamiento de la cuestión cubana en círculos de Norteamérica, se complementa con la problemática de los conflictos bélicos que afectan a esa nación, la situación económica y otros asuntos internos de mayor trascendencia que los destinos de una ínsula cercana. Todos estos factores hacen que el cualquier esfuerzo tendiente a desviar la atención sobre los que luchan por democratizar la sociedad cubana, encuentre un terreno propicio. Los resultados pueden mejorarse lanzando guiños de estabilidad, sin importar que el costo sean las libertades de un pueblo ajeno. También son de gran ayuda los coqueteos con un mercado que busca nuevos mostradores para sus productos.
Paralelo al revuelo provocado por la Mesa Redonda, apareció en esos días una diatriba del enfermo en jefe desvirtuando el papel de Obama, aún si este llegase a ocupar la silla presidencial Se verifica una vez más el complejo juego al que apuesta un gobierno empeñado en aferrarse al poder de manera absoluta. Mientras reclama que se ponga fin a las sanciones norteamericanas, fomenta crisis que incentivan la justificación de esas políticas. Justo cuando se propicia una coyuntura que puede hacer que las cosas cambien favorablemente. Mientras por un lado tratan de obtener dinero, comercio y crédito financiero del enemigo, por el otro dan un portazo cuando se vislumbra el tema de los derechos políticos. La postura del director de Granma pidiendo el incremento de las medidas represivas configura esa imagen.
Gobiernos norteamericanos con propuestas constructivas hacia Cuba, por lo general terminan recibiendo acciones que refuerzan el criterio de los que defienden mantener posturas radicales. El ex presidente Jimmy Carter, quien se esforzó por lograr un gradual acercamiento con el gobierno cubano, obtuvo en cambio manifestaciones constantes, insultos, la avalancha de un éxodo y la burla de la intervención a gran escala llevada por La Habana a distintas regiones del planeta. Todo lo necesario para agudizar el conflicto entre ambas partes. Algo similar ocurrió durante la administración de Clinton. Ahora, cuando todo parece indicar la posibilidad de un triunfo demócrata en la candidatura del primer americano negro (o la primera mujer) a la presidencia, lo mejor que se les ocurre hacer en la Isla es levantar una escaramuza para tensar posiciones. Y es que ellos, los fidelistas, necesitan del clima denso del bloqueo, las amenazas de guerras inexistentes y de la presencia del enemigo omnipresente.
Realmente existe el peligro de otros encauses en el escándalo escenificado a través de los voceros de la Mesa Redonda. Lo hizo evidente la solicitud de un sicario con identidad de periodista. Las interrogantes pueden ser muchas a partir de este momento. ¿Estamos en presencia de una lucha entre recalcitrantes que quieren evitar el tránsito hacia los cambios? ¿Se trata de una estratagema para medir el grado de respuesta ante el endurecimiento totalitario? ¿Es una jugada de Raúl Castro y su equipo o se trata de la sacudida originada por otros saurios comprometidos en conservar la inercia del pantano? Solo el desarrollo de los acontecimientos podrá dar respuestas precisas a estos y otros cuestionamientos sobre el futuro de Cuba.